Quedarnos
Más de un millón de personas nacidas en Castilla y León viven fuera
El mundo arde y la campaña en Castilla y León continúa discreta como es ella. Son días de pensar desde dentro cómo contar para afuera. Llaman y dicen: explícanos, que nos queda lejos. Y eso es, al fin, lo que siempre he querido hacer yo con el periodismo: contar un lugar a quienes no están en él. Se han suscrito a estas cartitas esporádicas algunos de ese grupo al que solo nombra y cuantifica en los mitines el candidato socialista, Carlos Martínez: los más de un millón de nacidos en esta comunidad que no viven en ella.
Su campaña tiene entre sus lemas “El derecho a quedarnos” y en la campaña a su izquierda le han dado una vuelta, más bella, menos obvia, menos dicha, que me hace pensar: “El orgullo de quedarnos”. Más profundo: irse siempre era el éxito, quedarse la resignación o la derrota. El mundo arde y cambia y abrasa y ahora volver y quedarse, querer volver, poder volver, poder quedarse y, sobre todo, querer quedarse, algunos lo consideramos una auténtica hazaña. Sí, quizás un orgullo.
La derecha habla de éxodo juvenil, pero el éxodo de Castilla y León es intergeneracional: cuántos funcionarios acabaran sus carreras en alguna isla lejana, en un Madrid al que no han acabado de hacerse, sin satisfacer su deseo de volver a casa. El éxodo de esta tierra es tan profundo como el más de medio siglo desde su inicio. Es un éxodo que históricamente ha tenido más razones que el trabajo (la libertad, el desarrollo personal, la huída) pero que ahora, quizás más que nunca, sería reversible en parte si estas ciudades donde vivimos plácidos también fueran sitios donde hubiera trabajos diversos, apetecibles y para todos. Quiero decir: no es una fatalidad, es un problema.
Castilla y León es tal fracaso autonómico que mañana nos recorreremos cinco provincias en día y medio en una caravana electoral. Y todavía nos quedaran cuatro. Una de las regiones más extensas de Europa, la comunidad con más municipios de España, una creación artificial a partir de una región histórica y otra desmembrada en la que lo único que ha germinado en estos casi 40 años ha sido el “qué hay de lo mío” provincial, localismos que no aspiran a más (ni a menos, supongo) que a conseguir estar algo mejor dentro de lo inmanejable del artefacto. Una comunidad sin identidad histórica ni construida donde cada vez más personas se preguntan si no sería todo un poco menos arduo si no fuéramos los que somos. Si, quizás de esa manera, pudiéramos no dejarnos a tantos fuera.


